2º Premio del Concurso de Fantasía Épica: “La mirada del Enviudador” – por Alberto Morán Roa

Almorzaban Dorotea de Oz y Alicia de Maravilla, duquesas casamenteras de sus respectivos dominios, rodeadas de manjares y barrocos ornamentos. El banquete discurría por la amena senda de lo banal, lo ingenioso y lo anecdótico, cuando un cortesano anónimo y achispado hizo un comentario sobre castigar a los más incorregibles delincuentes con el baile pendular de la horca.

De cruel e inhumana medida tachó Alicia la idea. «Cuando una corona se empapa de sangre acaba pidiendo más, como si el oro del que está forjada se tornase adicto a su sabor, convirtiendo las rosas blancas en rojas y la pretendida justicia, en una bacanal de cabezas cercenadas».

En pie se puso Dorotea, dejando que la servilleta que protegía su pechera cayese sobre los muslos de perdiz confitada. Calificó las palabras de Alicia de balbuceos propios de una niña asustadiza y arguyó que los peores bandidos, como las brujas malas, no merecían otro fin.

Tras una tormenta de acusaciones y vilipendios, reinó el silencio que se adueña de los campos de batalla cuando el último estandarte ha caído. Enmudeció el tintineo de cubiertos, quedaron las carnes sin lengua que las catase y las rechonchas manos de los eunucos cubrieron bocas abiertas.

Las miradas dijeron lo que las palabras ausentes no osaron.

Una semana después marchó a la guerra procedente de Maravilla una legión bruna y escarlata de naipes capitaneada por un caballero blanco. Le seguían orugas cargadas de humos y mejunjes con los que convertir en pulga al coloso y viceversa. Las sombras de monos voladores tiñeron de gris el camino de baldosas amarillas, sobre el que avanzaba un ejército de hombres de hojalata, leones y tigres.

El Emperador de Fantasía, temiendo una masacre, llamó en secreto al mejor de sus diplomáticos.

Archibaldo von Pallas era un córvido, mitad cuervo, mitad humano: plumas negras nacían de sus antebrazos, caminaba sobre patas garrudas y su cabeza lucía un pico azabache y ojos vacíos. Ambicioso, astuto, zalamero con las meretrices, altanero con los nobles y con el corazón lleno -decían las habladurías- de rencor y cicatrices por su origen plebeyo, había mediado en innumerables conflictos. «¿Qué mejor diplomático que aquel acostumbrado a hurgar entre la carroña?», solía decir, acompañando sus palabras de roncos graznidos.

—Difícil tarea pedís —voznó Archibaldo ante el soberano—, ya que no hay agravio mayor que el de la opinión contradicha: insultar una palabra es insultar a quien la profiere, pues un pedazo del alma depositamos en el verbo—. Después, deseando ver admirado su arrojo, ofreció una solución osada—: Ni el oro ni las palabras pondrán fin a la guerra, sino un enemigo común que fuerce a los dos bandos a unirse para destruirlo. Dejad que hable con el Enviudador, Aquel que Crea Monstruos.

El emperador ahogó una exhalación. El Enviudador era el nombre de una criatura cuya sola mención congelaba las entrañas. Nació antes que el Imperio de Fantasía, nadie sabe cómo, y habitaba un montón de piedras que apenas podía llamarse cabaña: allí, en lo profundo de una foresta donde nunca salía el sol, insuflaba vida a impías creaciones.

Partió Archibaldo tras recibir el beneplácito del emperador, embozado, farolillo en mano, camuflando su pavor con falso arresto y cantando desafinadamente para tranquilizarse. El suelo era húmedo y sus espolones se enredaban en matorrales espinosos. ¿Eran susurros aquello que oía, o solo el viento? Aceleró el paso igualmente.

Cuando llamó a la puerta de la palloza, abrió un anciano tan marchito como el bosque, con los párpados y labios cosidos con hilo.

—Busco… —gimió Archibaldo—. Busco al Enviudador, Aquel que Crea Monstruos.

—¿Para qué quebrantas su soledad? —musitó el viejo a través de las costuras. Un delicado humo negro se filtraba entre sus labios cada vez que los movía, como si bullese un infierno en aquel pecho lánguido.

—Me envía el Emperador de Fantasía para detener la guerra entre las duquesas Dorotea de Oz y Alicia de Maravilla.

—¿Y cómo piensas hacerlo, criatura?

—Tengo permiso para solicitarle la creación de un monstruo atroz —murmuró sin levantar la vista mientras revelaba un documento con el sello imperial—. Algo tan terrible que las duquesas no tengan más remedio que olvidar sus diferencias y unir sus fuerzas para derrotarlo.

El Enviudador ladeó sensiblemente la cabeza. En aquella voz ronca había inquietud, pero también palpitaba cierto orgullo.

—¿Ha sido tuya la idea?

—Sí, señor. El terror empuja a la salida del laberinto del odio…

Una carcajada produjo gruesas volutas de humo. La mente de Archibaldo, envenenada de pánico, vagó hasta el recuerdo del frío lecho donde dormía siendo apenas un polluelo. Se sintió como entonces: pequeño, asustado e indefenso. Tragó saliva.

—A un enemigo de carne puede dársele nombre y muerte. Esa certeza crea esperanza y en tu plan no debe haber sitio para ella, pues una vez nace no hay fuerza capaz de extinguirla. No será un miedo mortal lo que detenga la guerra.

El anciano extrajo una navaja corta y sucia.

—¿Qué será entonces, señor?

—El más voraz de todos. El miedo a lo desconocido.

El viejo llevó la navaja hacia sus propios ojos y comenzó a cortar los pespuntes.

Una semana después, Alicia y Dorotea detuvieron a sus ejércitos, boquiabiertas. Ante ellas, en mitad del lugar escogido como campo de batalla, se erguía el cadáver de un enorme cuervo colgado como un espantapájaros. En sus ojos azabaches palpitaba un terror primigenio, infinito, más antiguo que el hombre, más que la muerte. Una única palabra escrita con el engrudo violáceo que manaba de su pico se extendía sobre la tierra:

«Temedme.»

Los naipes regresaron tras los matacanes de sus castillos y los hombres de hojalata patrullaron las tierras de Oz para protegerlas de aquella amenaza ignota. Alicia y Dorotea escudriñaron durante lustros el horizonte, aguardando como animales asustados a un enemigo que jamás llegó.

Y en la pradera donde había de librarse la contienda que nunca fue continúa el cadáver marchito, cuyos ojos reflejan aún y para siempre la mirada del Enviudador.

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La Asociación Cultural Tiramisú Entre Libros nació en 2011, formada por un grupo de escritores, lectores amantes de la literatura y algunos colaboradores de la web Anika Entre Libros que querían mantener el espíritu tan especial que se creó durante el I Encuentro Nacional Anika Entre Libros en Madrid, organizado por Elena Martínez Blanco durante los días 30 y 31 de Enero de 2011. Tras dos años de actividad ininterrumpida todos los meses organizando los famosos “Tiramisús” tanto en Madrid como en Valencia, la asociación tomó la decisión de cerrar, entre otros motivos, por puro agotamiento. Un año después, en 2014, salimos de nuestro letargo con ánimos y sangre renovada para iniciar nuevas actividades culturales y literarias que esperamos sean de vuestro agrado. No pretendemos realizar actividades todos los meses porque, de momento, somos conscientes de la imposibilidad de hacerlo por falta de medios. Serán actividades puntuales, como el I Festival de Literatura Infantil y Juvenil de Tres Cantos, o algunas de nuestras antiguas reuniones de Tiramisú. Entre las propuestas que nos han llegado ya, colaboraremos algunos meses con el bar Cadillac Solitario (C/ Fermín Caballero, 6, Madrid), que quiere lanzar una actividad cultural contando con nosotros. Os mantendremos informados. Puedes contactar con nosotros en: tiramisuentrelibros@gmail.com
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